El nostre company i amic José Ángel ens envia un escrit molt diferent als que podem llegir normalment sobre el l’estada al Temple Sur Lot.

Normalmente cuando leo algún comentario sobre los cursos que organiza el Maestro Hernáez durante los meses de julio y agosto en Temple sur Lot, el noventa por ciento del texto está dedicado a glosar lo bueno que es el Maestro, lo que se hizo cada día….
Me vais a perdonar, pero me voy a saltar olímpicamente esa parte: todos sabemos que el Maestro Hernáez tiene una gran experiencia a sus espaldas y conocemos su buen hacer. Tampoco sorprenderé a nadie diciendo que tanto Alfonso Arboledas como Darío Dossío o Javier Moreno hicieron un excelente trabajo en las clases que respectivamente impartieron durante la semana.
En cualquier caso, del Maestro Hernáez y de los altos grados con los que contamos en nuestro país podemos disfrutar a lo largo del año en los diferentes cursos que se organizan. Así las cosas ¿qué justifica ir al Temple?, o siendo muy materialista, ¿qué justifica hacer (caso del que suscribe) mil seiscientos kilómetros o pagar el precio del curso y el alojamiento (en torno a cuatrocientos euros)?
Para mi, y supongo que igualmente para el resto de compañeros venidos de otras partes de la península (más conocida por los asistentes desde esta edición del curso como “la marca hispánica”) en primer lugar, el viaje, que los que fuimos desde Madrid nos planteamos en dos etapas, pasando el primer día por Lerma y Pamplona (donde paramos a comer y a disfrutar de la lluvia) y haciendo noche en Canfranc, cerca de Jaca, en un hotelito situado en la montaña, con un estupendo spa acristalado que dejaba ver un precioso paisaje.
El segundo día paramos en Pau (visita que recomiendo encarecidamente ya que la ciudad es bellísima), y después de que algún miembro del grupo fotografiase la ciudad como para hacer un plano de la misma, acabamos comiendo en una pizzería cerca de una bonita plaza y disfrutando del sol que el día anterior parecía que nunca iba a llegar.
Por la tarde llegamos a Temple, donde ya estaban los compañeros de Cataluña, y a donde poco más tarde fueron llegando el resto de amigos venidos de Asturias, algunos también desde Madrid pero con la familia, e incluso de la propia Francia.
Así entre saludos y cervezas, vino, lomo y no sé cuántas cosas más traídas desde España, y más cerveza y queso traído por los holandeses, se nos fue la tarde, aderezada con el reparto de habitaciones, en el que algunos tuvieron más suerte que otros que terminamos en bloques más antiguos con baños compartidos para cada planta….
Y esas personas a la que has estado saludando y con la que has estado compartiendo un trago es el segundo motivo por el que merece la pena ir a Temple: porque convivir una semana da mucho juego para tratar y conocer a la gente, mucho más que un cursillo de fin de semana. Y así, a título personal debo decir que disfruté mucho de mis ratos de conversación con Joan y Alfonso, de mi pequeña escapada con Dossío, del que no deja de sorprenderme su conocimiento enciclopédico de las artes marciales, y como no, del momento más esperado de cada día: dar de comer a los patos, que con las hijas de Adam y Joan se convirtió en todo un ritual que las peques disfrutaban como las niñas que son, a pesar de algún pequeño incidente relacionado con el tamaño de los trozos de pan, la energía cinética y la cabeza de un cisne…
Y todo esto, sin mencionar las asambleas nocturnas que tuvieron lugar en el castillo frente al centro deportivo, en las que era imposible no reírse y pasarlo bien. En este punto no puedo por menos que hacer mención a la labor de intendencia de Rosa, sin la que esto no hubiera sido igual.
Y en mi personal escalafón, la última razón para ir a Temple es el propio Temple, porque ofrece multitud de actividades con las que hacer de los ratos libres verdaderos momentos de ocio: canoas con las que poder navegar el río Lot (o al menos intentarlo, ya que está claro que mientras que algunos como Edgar son auténticos navegantes otros como servidor no saben qué hacer con un remo…), practicar la pesca con mejor o peor suerte, bicicletas para poder hacerse alguna escapada por los alrededores, que bien vale la pena por la belleza del entorno, y cantidad de lugares para visitar en un radio razonable de distancia, y que ofrecen un agradable paseo que se puede amenizar con una cervecita….


En resumidas cuentas: para mi, Temple sur Lot no es (o no sólo) entrenar, sino esencialmente estar con gente a la que se aprecia, convivir una semana con todos ellos, compartir anécdotas, y tener la oportunidad de relajarse un lugar que bien vale el viaje.
José Ángel Fabre